Cuidado con la proteína: cuánto es demasiado y qué puede salir mal

El número asusta cuando se pone negro sobre blanco: pasar de una dieta “normal” a otra en la que el 40% de las calorías sale de proteínas ya se considera un exceso. Y, aun así, ahí fuera hay gente persiguiendo gramos como si fueran cromos, convencida de que cuanto más, mejor.

Pero el cuerpo no funciona a base de mantras de gimnasio.

Lo cierto es que la proteína es imprescindible. Está en el centro de la maquinaria: ayuda a construir y reparar tejidos, sostiene la masa muscular y participa en procesos básicos del organismo. El caso es que, de tanto repetir que “hay que meter proteína”, el mensaje ha saltado por los aires y se ha convertido en una especie de obsesión nutricional.

Cuando el equilibrio se rompe

En una alimentación equilibrada, las proteínas deberían aportar alrededor de un 20% del valor calórico total. Ese es el punto de partida. A partir de ahí, muchas dietas de moda, y muchas rutinas que se venden como saludables, empujan la cifra hacia arriba sin mirar demasiado qué se queda fuera del plato.

Y ahí aparece el problema: si la proteína invade el menú, el resto de nutrientes pierde espacio. No es una cuestión filosófica. Es matemática dietética. Cuando el porcentaje sube hasta el 40%, ya no hay margen real para cubrir bien las necesidades de otros macronutrientes y de componentes como la fibra, que suele ser la gran olvidada cuando se demoniza todo lo que suene a carbohidrato.

Conviene recordar que las proteínas están hechas de aminoácidos, y ahí reside buena parte de su “magia”: el organismo los usa para sintetizar células nuevas, favorecer el crecimiento y mantener, o generar, masa muscular. De ahí que sean tan codiciadas por quienes entrenan fuerza, buscan rendimiento o simplemente quieren “definir”.

Pero no todo lo que sobra se convierte en músculo. Ni de lejos.

A diferencia de los hidratos, que sí pueden almacenarse en forma de glucógeno en el músculo, la proteína extra no se guarda en una estantería esperando su momento. Si llega de más, el cuerpo la transforma: puede quemarla como energía o convertirla en grasa. Así de poco romántico.

¿Y entonces por qué engancha tanto la idea de comer “más proteína”? Porque a veces da resultados rápidos… al principio.

Muchas dietas hiperproteicas se presentan como atajos para bajar de peso. La lógica parece impecable: más saciedad, menos hambre, menos picoteo. Pero hay una trampa habitual: el descenso inicial de la báscula puede deberse, en buena medida, a una deshidratación importante y a la pérdida de glucógeno muscular, que arrastra agua con él. Se pierde peso, sí. Solo que no necesariamente grasa.

Pero lo que llega rápido, también se va rápido.

Queda por ver si quien se sube a una dieta de este tipo sabe dónde se mete y, sobre todo, cómo se sale. En el caso de planes como la dieta cetogénica (keto), se insiste en que no es un modelo para sostener indefinidamente: necesita principio y fin, y la salida tiene que hacerse de forma metódica para evitar el temido “rebote”. No es solo voluntad. Es fisiología y rutina.

Hay otro detalle que suele pasar desapercibido: antes de ponerse con un plan hiperproteico, se recomienda un análisis clínico. No por capricho. Porque no todo el mundo parte del mismo punto y porque hay condiciones de salud que cambian por completo el mapa.

El consumo excesivo y prolongado de proteínas supone una carga para el organismo, incluso en personas sanas. El primer órgano que suele mencionarse es el riñón, que debe filtrar y eliminar los desechos del metabolismo proteico. Si se le obliga a trabajar de más durante mucho tiempo, la sobrecarga existe. Otra cosa es que se note de inmediato, que es lo que lleva a muchos a pensar que “no pasa nada”.

En el terreno cardiovascular, el debate está más abierto. Se habla de estudios recientes y de una discusión que sigue viva: si una dieta con mucha proteína puede o no incrementar problemas cardiovasculares cuando el resto de nutrientes está bien ajustado y se eligen carnes magras. No es lo mismo una proteína que otra, y esa diferencia, la calidad, el tipo, el acompañamiento, cambia el resultado final.

Hay, eso sí, un punto que se presenta con más claridad: el impacto intestinal.

Una dieta hiperproteica mantenida en el tiempo puede desfavorecer la microbiota intestinal. Y cuando la flora se descompensa, el cuerpo lo paga de varias formas: problemas digestivos, inflamación crónica e incluso intolerancias. La falta de fibra y de otros nutrientes esenciales suele ir pegada a estas pautas, y el intestino no entiende de modas.

¿Qué significa esto en la práctica? Que la proteína no es el enemigo, pero tampoco el salvavidas universal. A fin de cuentas, el macronutriente estrella de hoy puede convertirse en el exceso de mañana si se usa sin medida.

La clave, por aburrida que suene, sigue siendo la misma: equilibrio y supervisión profesional cuando se juega con extremos. Porque convertir un nutriente vital en bandera puede salir caro. Y la salud, cuando se rompe, no se recompone con un batido.

Sobre Las comiditas de mami

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You cannot copy content of this page